Del libro Poemas de cuando el hombre pudo razonar de Manuel González Busto

Impredecible como el poder de ciertos gobernantes (II) Podría quitarme los zapatos, el reloj, todo lo que mi cuerpo simula una estela. Podría lanzarlos como quien saluda una deuda, como quien bendice una casa y la desliza sobre el agua, con una suavidad que ni dios mismo podría nombrar. Pero sigo siendo un rompimiento de cristales, y corro el riesgo de quedarme sin espejos: esos azules balsámicos del mar. Sucesiva delación visible apenas donde una vez musicara el campanario, avemarías tan impredecibles como el poder de ciertos gobernantes. Mi rostro es un escudo contra mí mismo. Mi bienaventuranza un perro fidelísimo que me obedece siempre sin preguntar por qué. Amado perro que hoy proclamo humano, más humano aun que mi propia condición y el espejo único contra mi rostro escudo. Ah, bendecible perro que me desarma y cura, y hoy pide una estrella tan solo una estrella a la constelación del mundo.

Las cartas de Rubén Martínez Villena

Las cartas de Rubén Martínez Villena a su querida esposa son de las formas más bellas, amenas y llenas de amor para conocer la historia de este hombre. ¡Qué beneficioso fuera que libros de este tipo fueran debatidos en nuestro sistema de educación para que las nuevas generaciones conozcan tal hermosura!

Elpidio Morales  (Opinión de un lector)

A ritmo de Jazz

El próximo sábado 22 de septiembre en el marco del encuentro “Amigos del jazz”, el libro “Chano Pozo. La vida” tendrá una nueva presentación a las 5:00p.m. en el patio “La jutía conga” de la sede santiaguera de la UNEAC. Esta vez será el poeta Reinaldo García Blanco el encargado de dar a conocer al público las particularidades de esta exahustiva biografía.

Testimonio de una presentación

 

Fotos tomadas en la presentación del libro  “Rita Montaner. Testimonio de una época” de Ramón Fajardo Estrada.

 

 

 

Santiago Literario

“La cultura artística y literaria en Santiago de Cuba. Medio Milenio” es el nombre genérico de uno de los empeños mayores que desvela a varios investigadores y a la Fundación Caguayo para las Artes Monumentales y Aplicadas, que con este proyecto propone un homenaje a los quinientos años de la fundación de Cuba, como fue conocida inicialmente la villa santiaguera.
La gestación y publicación de esta colección es una idea original del artista Alberto Lescay, presidente de la Fundación Caguayo. Varios libros serán su resultado inestimable, entre los cuales enriquece el conocimiento de nuestros propios orígenes y devenir, Santiago literario, de León Estrada, quien ya había realizado el imprescindible Diccionario de autores santiagueros y que nos apunta en la introducción de esta nueva entrega que “el hecho de escribir es ya de por si un acto noble que hoy debemos agradecer”
Con la minuciosidad que lo caracteriza, León Estrada recoge cada precioso detalle, y expone que “este libro no es el estudio de un proceso, ni intenta caracterizar períodos. Es simplemente una exposición de autores y obras que a mi juicio tienen el derecho de una nueva lectura”
Recordando las palabras de Olga Portuondo, Historiadora de la Ciudad de Santiago de Cuba, sobre investigaciones locales publicadas en el Sistema de Ediciones Territoriales, que han permitido develar para la gran Historia etapas y sucesos, cuanto nos será posible ampliar horizontes del conocimiento con la publicación de este libro es algo que solo el tiempo dirá, pero desde ya se avizora una fuente inagotable por el texto en sí y por lo que de él se desprende para investigaciones futuras, de aristas acaso ahora descubiertas de nuestro devenir social.
Empeños de esta magnitud y hondura fijan la memoria de lo que a veces no es posible preservar de otro modo, pues cuando el tiempo transcurre y no están los protagonistas presentes, suele perderse en el vacío la huella de aquel poema que un día ayudó a formar nuestra identidad.

Teresa Melo

Los salmos luminosos

 

 

Una de las críticas más visibles de la actual poesía cubana, coherente con el postmodernismo que se respira en todas partes, es la estridente experimentación y la frialdad de sus propuestas que incluye palabras obscenas o motivos baladíes que dejan a un lado la transmisión de un ambiente emocional, elemento que durante mucho fue y aún es para mí, la esencia misma de la lírica, a pesar de sus varios siglos de vida. Tal vez como tantas cosas, esa motivación primigenia desaparezca del mundo actual o tal vez yo, en nombre de otros muchos, me resista a esta nueva naturaleza que exhibe hoy el poema contemporáneo. Por eso cuando releo el poemario Salmos oscuros del escritor Frank Castell González, recién publicado por el sello de la editorial Oriente, disfruto la honestidad que se respira en todos y cada uno de sus textos. Y me afirmo en este distanciamiento a gusto, al tiempo que rechazo tácitamente esa manera otra que algunos concursos de las urbes establecen como poesía moderna y al que muchos interpretan como obligado camino.
Frank dice: Qué falta me hace caminar sobre una cuerda. Dejar el pecho a la deriva y no pensar en el residuo que el ayuno deja. Qué falta le hace a mi dolor un verso o un antifaz para romper esta costumbre.
Todo es cuestionable a partir de esta mirada mía o acaso la tristeza, el desarraigo y la desesperanza no alimentan ya a los poetas del tercer milenio, pero como dijera el evangelio: si la sal se desvaneciera de qué servirá sino para ser pisoteada.
Encuentro en estos poemas breves una contención sugerente y universal como si lo cubano se extendiera hacia mundos inescrutables y me hallo en cada uno de estos reclamos existenciales como quien camina a orillas del mar e intenta ser cronista de su propio sentir. No hay en Salmos oscuros poses experimentales, sino una conexión con esos autores que siguen siendo la dieta predilecta de Frank Castell: Vallejo, K.Cavafis, Miguel Hernández, Ángel Escobar, Heredia y otros que se filtran en su aliento de autor consagrado a describir su más inmediata realidad con el corazón como tintero. Sus libros anteriores establecen esta línea discursiva para conformar así una obra poética coherente, al margen de todo oportunismo promocional. Por suerte, muchos lectores agradecen estos salmos… que por oscuros no dejan de ser luminosos o acaso la luz es más significativa, si se mira desde dentro del túnel.
Jorge Luis peña Reyes

http://unvuelosinpasaje.blogspot.com
http://www.radiolibertad.cu

“Chano Pozo. La vida (1915-1948)”

 

El próximo 7 de Julio estaremos presentando en el popular espacio habanero “Sábado del libro”, que se realiza habitualmente en la calle de madera a las 11:00a.m., el título “Chano Pozo. La vida (1915-1948)” de la filóloga, investigadora y asesora musical Rosa Marquetti Torres.
Con edición de Alejandro Arango y precioso diseño de cubierta a cargo de Sergio Rodríguez Cabellero, este libro camina tras la leyenda del genial músico, intentando encontrar asideros reales que la reafirmen. Con una presentación de lujo, a cargo de Radamés Giro, el volumen pretende visibilizar, más allá de la anédota, la controversial existencia de quien contribuyó de manera mítica a la cultura musical cubana.

Guayabero

Una niebla de delicioso misterio envuelve a ese mítico personaje que todos conocemos como El guayabero, aunque la mayoría sepa que se llama en realidad Faustino Oramas. El guayabero de mi infancia era ese anciano pícaro que hacía reír a los adultos con canciones que yo, niña quizás demasiado ingenua, no entendía, pero que igual me hacían reír. Ahora me pregunto si será normal que los niños que me rodean entiendan los clarísimos textos de ciertas canciones, que sin lugar a dudas tienen un solo sentido y con los que ya no se corre el riesgo de ser malpensado, con los que sólo se peca de ser, quizás, demasiado buen entendedor.
Recuerdo aquellas noches en la que mis amigos y yo salíamos de las fiestas cantando a coro Como baila Marieta, cada uno entonando los versos que mejor se sabía e improvisando con algunos de inspiración propia, porque El guayabero también nos dejó eso, la ilusión de creernos un poco artistas siempre que los traguitos de más nos lo permitieran. Hace ya diez años que Faustino abandonó el reino de este mundo, pero desde algún lugar cercano debe estarse burlando de los maridos celosos, de los trasnochadores que de esquina en esquina cantan sus canciones, y hasta de los malos reguetoneros, que creen haber inventado la obscenidad, cuando sólo se llevan el mérito de la vulgaridad. Para rendirle homenaje a este célebre juglar de sombrero y tres, la Editorial Oriente publica el volumen El guayabero. Rey del doble sentido, de Zenovio Hernández Pavón, una completa biografía de este personaje maravilloso.
En esta obra de minucioso quehacer, el autor se recrea en datos, busca opiniones diversas, indaga en publicaciones y por si fuera poco nos regala las letras de muchas de las canciones compuestas por el trovador holguinero. Además, claro está, del esperado testimonio gráfico que nos muestra a El guayabero en varias de sus facetas, pero siempre con la picardía asomando al rostro.

BOLA DE NIEVE: Si pudiéramos quererte

[…] No tengo voz; si acaso de vendedor de mangos […] yo digo lo que la canción tiene por dentro […] lo interior, aquello en que uno cree íntegra, radicalmente. Así declara a la prensa neoyorquina, Ignacio Jacinto Villa Fernández en 1956.
A un ilustre periodista cubano, Ciro Bianchi, dirá el pianista y compositor catorce años después: “La música y yo somos uno. Es lo único que me gusta. El único gran placer que experimento es hacer o sentir música”.

Seleccionadas ambas frases, escrutadas palabra a palabra, Bola de Nieve revela como en espejo biselado, el drama y la pasión de su existencia. Su apego al piano y a su modo de decir, que estarán salvándole cada minuto, compensándoles las desgarraduras que su condición de negro y homosexual, y su belleza esquiva le dejaron a lo largo del camino.
Porque, el libro de Ramón Fajardo Estrada, no es únicamente el paseo por la carrera que llevó a este humorista del piano y su “alegría terrestre” (tal como dijera Pablo Neruda) a buena parte del mundo; no es la mera relación de la leyenda, resulta la exploración de un carácter.
El autor no tiene a menos, referirnos el debut de Ignacito en un cine habanero, a los trece años. Una andanada de huevos y tomates le recibe: “La muchachada exclama a grito pelado: ¡Bola de Nieve, loca! ¡Negro gordo!”… pero el talento es como el agua atrapada, sabe hallar el cauce. Y llegarán los aplausos, ora en Buenos Aires o México, ora en Nueva York, en París, en China, en Moscú. Fajardo nos presenta a un artista completo que va acrisolando su estilo, creciendo como compositor, preguntándose a sí mismo.
Aquel apodo de Bola de Nieve que asaetaba al niño rollizo color azabache, se convierte en su nombre artístico por obra de Rita Montaner. Así lo presenta en el Teatro Politeama de México en 1933. Así se quedó. Fue un bautizo feliz, mas no siempre estuvo de acuerdo el autor de Si me pudieras querer. Se resignó, lo fue aceptando finalmente, cuando la mofa infantil se transformó en reverencia.
En las páginas de Deja que te cuente de Bola nos asomamos al ámbito familiar, a su madre Inés y a la entrañable abuela Mamaquica, a la casona de tertulias y comidas, a su “guanabacoaísmo” ?término de factura propia que hace referencia a su natal Guanabacoa?; a los encuentros y desencuentros con Rita Montaner ?indomable y polémica?; a sus largas temporadas con el maestro Lecuona; a la influencia del profesor y guitarrista santiaguero Vicente González Rubiera (Guyún), a quien confiaba la revisión técnica de sus partituras. Y, por supuesto, asistimos a sus veladas en el Monseigneur.
Ramón Fajardo Estrada (Bayamo, 1951) es un investigador que nos tiene acostumbrados a la precisión de las fechas, a la riqueza del detalle. Así lo había hecho en su libro sobre María de los Ángeles Santana, y visto el esbozo, habrá que esperarlo también en su anunciada propuesta sobre Ernesto Lecuona.
Fiel a su enjundia, nos sumerge esta vez en el mundo cultural que rodea al Bola y nos entrega, como al paso, los programas de conciertos con figuras debutantes o famosas ?Esther Borja, Pedro Vargas, Toña La Negra o la propia María de los Ángeles ?, los sucesos de la radio y el cine, las críticas de la prensa, las letras de las canciones y un material gráfico inestimable.
Conmueven las últimas páginas de este volumen. El sueño premonitor de su muerte en México y el día terrible: Luis Medina, amigo mexicano del Bola lo aguarda para el desayuno, pero extraña su tardanza. Toca a la habitación con respeto, mas no hay respuesta. Empuja la puerta. Bola parece dormido. Insiste, lo sacude; pero todo es inútil. Es un aciago 2 de octubre de 1971.
Al trasladar sus restos días después a La Habana, Miguel Barnet dejó caer sobre su ataúd un papel con el poema Oriki para Bola de Nieve.
La Editorial Oriente en el centenario del natalicio de Ignacio Jacinto Villa Fernández acunó este libro en su nueva edición, de manos de un colectivo encabezado por dos damas: la editora Asela Suárez y la diseñadora Marta Mosquera. Yo sé de sus desvelos.
Deja que te cuente de Bola -prologado por Reynaldo González, Premio Nacional de Literatura- es un libro para la cultura cubana, tan urgida ahora mismo de discernir sus figuras imprescindibles de los ídolos falsos que van inundando la pantalla y el aire.
¡Ay Bola, si pudiéramos quererte!
Reinaldo Cedeño Pineda

El barrio en llama

   La primera impresión, dicen aquellos que mucho saben de marketing y buenas maneras, es siempre la que queda grabada en la mente de quienes nos observan, de lejos o de cerca. Mi primera impresión de Lorenzo Lunar es la de estar frente a un hombre que es, también, un gran amigo de sus amigos. Fue aquella que me llevé en la presentación en una Feria del Libro, ya lejana, en la que, entre otros textos de la colección Ficciones de la Editorial Oriente, Lunar daba a conocer La tierra del cebú, novela de Mario Brito que mucha alegría trajo a los lectores y a nuestra propia casa editorial.

   Mi primera impresión sobre Lorenzo, fue justamente corroborada tiempo después, cuando comprobé que su nombre andaba transitando de receptor en receptor, incluso con textos que mucho tiempo tenían ya de publicados, es el caso de La casa de tu vida, novela que, también bajo la égida de Ficciones, inspiro a un joven periodista para escribir lo que fuera la reseña que le valió un premio colateral en el concurso Caridad Pineda. Pensé entonces, que la manera campechana que tenía Lorenzo de actuar, también era su modo particular de escribir, porque se necesita mucha cercanía, para lograr estar en tantas almas de tantas edades a la vez. Las primeras impresiones renacen entonces, con cada vuelta de hoja que da la vida, y esta vez, el sello Oriente se disponía a preparar la presentación de lo que sería la saga de la novela negra de Lorenzo Lunar recogida en un solo libro, El barrio en llama.

   La voz del autor, que sin ser leído aún me era harto conocido, me llegó amable del otro lado del teléfono, cuando al fin logré localizarlo, entre sus muchas escrituras y tareas de promoción. Y por fin, tras semanas de cuadres y numerosas rectificaciones, llegó el viaje a La Habana, estancia durante la cual presentaríamos El barrio en llama. Y con las doce horas que pasé en aquella inolvidable guagua (y que conste, que las impresiones en cuanto a transporte público nunca son para bien) vino la lectura, finalista quizá, pero inmensamente satisfactoria, de la primera novela que conforma esta saga Que en vez de infierno encuentre gloria.

   Y como quiera que las primeras impresiones, si son buenas, no hacen más que embullarnos a repetir, La vida es un tango y Usted es la culpable, superaron las expectativas que certeramente abrió el primer texto. Lo primero que salta a la vista en esta obra, es el evidente recurso intertextual que el autor utiliza casi siempre de manera muy explícita, y por eso mismo, altamente efectiva. Desde el propio título de cada uno de los capítulos, vemos saltar las referencias a clásicos del género. “La promesa” y “La llave de cristal”, son dos de los nombres que, en Que en vez de infierno… sirven de pretexto al hilo argumental de cada apartado.

   La primera frase del libro, que no repetiré aquí, nos plasma en su crudeza que el barrio está en llama. Que lo está desde la lucha incansable y poco escrupulosa de El Puchi, por sacar adelante a su familia hasta los escandalosos romances bien pagados de La Cuqui. Lo está sobre todo, en cada uno de los conflictos, humanos y criminales, que deberá desentrañar Leo, el protagonista inigualable de estas tres novelas, que ya desde la primera se nos revela como el tipo conocedor del barrio y de cada una de sus llamas, aunque a veces, claro, no sabe de donde proviene el fuego, y la sal del cuento está en averiguarlo.

   Si bien cada uno de los personajes es una historia, que se entrelaza con otras y crece a medida que avanza la lectura recordándonos la metáfora mitológica del monstruo de múltiples cabezas que el propio Lunar utiliza para definir al barrio de sus novelas, y si bien cada una de las microhistorias, que al final no lo son tanto, pues se integran en un armonioso engranaje, están contadas con la depuración de un narrador inteligente y avispado, el eje central de todo, Leo, el detective, es un compendio perfecto de eso que todo personaje debe tener. Su congruencia y veracidad, y la necesaria dosis de sentimentalismo, que de ningún modo se asoma al patetismo de los héroes al estilo de Hollywood o de sus aún peores imitaciones de cualquier lugar del mundo, hacen que sea el perfecto indagador de cada fechoría barriotera detrás de la que se esconde la mano criminal de Chago el buey, despreciable antagonista, y sus múltiples testaferros. No son los buenos tan nobles ni los malos tan despiadados, excepto Chago, a quien el autor no perdona, y que se vale de todos a su alrededor para conseguir lo que quiere, que, desde luego, nunca es bueno.     

   Y es que el barrio de estas historias, como todo barrio de Cuba, no es más que su gente. La época (los pavorosos 90’) constituye un pretexto más que certero para exacerbar cualquier característica propia de la novela negra y que conste que quienes vivieron a plenitud esa etapa en muchas ocasiones insisten en proclamar que la realidad supera cualquier obra narrativa al respecto. Desde el propio metalenguaje de la década, en el que nuevos oficios y necesidades obligaron a la inventiva del cubano a cambiar el léxico cotidiano, hasta la descripción de la vida y las razones que obligan a cualquier muchacha a meterse a jinetera, los noventa, con su doble carga de absurdo y lucha a toda prueba son un tremendísimo ambiente del que se vale Lorenzo Lunar para trazar su fresco.

   El humor, como un cubanísimo atenuante  de las necesidades asoma en cada novela dándonos a conocer sus múltiples colores. El irracional humor, que nos lleva a reír a carcajadas cuando un par de maleantes se lleva un puerco en ceba de un corral forrado con cabillas, luego de haber drogado al perro guardián de la casa. El costumbrista humor, detalle localista y universal, de la mujer que le pega al marido tras la última borrachera en la que le descubrió en la camisa labial y perfume de otra mujer. El humor sin fronteras en cada uno de los amantes que, sabiéndolo comparten a la misma mujer, de manera proletaria y hasta condescendiente. Pero también el humor negro, del que prefiero ni hablar, porque El barrio en llama, pese a sus múltiples alusiones culturales y referencias literarias, es una obra que se nutre de sí misma, y como tal es capaz de hacernos pasar, como he dicho ya en muchas ocasiones, de la risa al llanto y luego al asco y después a la melancolía y sin saber como irremediablemente de nuevo a la risa. Y es que el barrio, sin dudas es un monstruo, pero sin vacilación o quizá con ella, Lorenzo Lunar, también.

Cargar más